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Ave pasajera.

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"¿Habéis oído cantar un pájaro en la noche? Suele ocurrir que un rayo de luna, un rayo levemente dorado, derramándose por entre el misterio del follaje, alcanza la rama donde se acurruca el avecita dormida, y la despierta. No es el alba, como imagina el ave. Pero ella canta..." Eduardo Barrios. (El niño que enloquecio de amor) Nunca vio mi silueta tendida en el sofá, más su mente, me traía dibujado en sus dedos, boceteando el recorrido de mis manos multiplicadas por sus senos turgentes y sedosos que disparaban la dura belleza de sus senos coronandolos con el suave pellizco de mis dedos en sus oscuros pezones, los que temblaban libres al viento que acompañarían su vuelo simbólico alentados por su excitada imaginación. Sus manos bajaron caprichosas pintando mi rostro y mi lengua deslizándose por su vientre tembloroso hasta perderse en la enmarañosa vulva escondida entre sus vellos crespos y mojados. Tan desnuda como había salido del baño, se tendió entre las suaves sabanas revu...

A Don Juan De Marco.

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Él vagaba con la mirada perdida orillando el mar, queriendo encontrar respuestas a la vida, y solucionar su existencia... Divagaba entre cuerpos desnudos, regalando caricias y orgasmos, dejando que sus dedos rozaran el agua, agachándose de vez en vez, como silueteando los cuerpos que se deshacían tras sus caricias. El viento en su cara curtía los años de di-vagante erotismo filosofal. Él Descifraba las miradas y sonrisas que le regalaban al pasar, era la magia de sus fantasías y el fin de sus sueños que debían realizar. Ceñía con sus dedos el ala de su sombrero, como los cóncavos recovecos de la vulva de una mujer. Su sensual mirada las hacía hervir al pasar, despertando infiernos y demonios en sus vibrantes vientres de luz, mientras las coronillas de sus senos se endurecían ocultos entre escotes, la humedad que las habitaba, el secreto que nunca iban a revelar, él era la fantasía que las debía despertar. Rodrigo Fúster

El último gemido.

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"El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida.   "Ese maldito yo" (1986), Emil Cioran Pensando que tal vez aquello sería lo último que haría en la vida, ... ella inicia un movimiento rítmico contrayendo su vientre, suelta sus lágrimas vaginales y se aprieta entre mis labios. Dejo que mi nariz friccione entre las alas de la mariposa,  enredándome en sus bucles castaños, bucles humedecidos por el deseo, pubis enlozado por la fricción de mis lamidos sobre la perla nacarada que brota dentro. Soltando a pausas, vuelvo  a embestir con más fuerza. El cóncavo vientre destella ondulantes serpientes  que se mueven dentro, sus piernas se tensan temblando entre los espacios acortando el tiempo, sus senos se endurecen tomando todo el aire de la habitación, mientras dispara sus rosados casquillos al universo... sus gemidos... se quiebran en sonidos silentes y ahogados. Jadea, ya cerca del final, presiona con sus pie...

Corazas.

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Ella, al deslizar sus labios por el duro miembro erguido, sentía que rompía las corazas, olvidando las palabras de su madre; ella le hablaba de como las señoritas se hacían respetar, y cual debía ser su comportamiento en la cama, como debía de mantener el respeto y la distancia y guardar sigilosamente la virginidad hasta el matrimonio.  Él, entregado a los disfrutes del sexo de ella, que engullía como una fruta jugosamente abierta, no guardaba limites ni distancias. Cada embestida de la boca de Andrea, iba doblegando las fuerzas y resistencias de Juan de Marco que se perdía entre sus labios vaginales,  no dando tregua ni descanso. Juan sabía como exprimir cada gota que se arrancara de ella, y era capaz de empujarla al abismo del deseo, rompiendo todos los blindajes del pudor que la confundían. Por fin, después del después del tiempo, juan sacudido por las embestidas de Andrea,  liberaba todas las bendiciones en su boca, mientras ella abría sus labios para destapar la lluv...

Diálogos en un hotel.

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"Cuando en la mañana me haya ido. No tendrás mío ni un recuerdo, solo un hueco en la almohada donde meter tu olvido." Enrique Bunbury Conversaciones en un Hotel (para Dorotea) Si,... un hotel guarda muchos secretos, tengo uno a orillas de playa que esconde más de una de mis aventuras... Siempre trato de ocupar la misma habitación, y el de la recepción, me saluda como si nunca nos hubiéramos visto. La dueña me conoce ya de hace muchos años, para ser exactos, de 1994. Y he visitado este lugar en varias oportunidades, incluso, hasta hoy. Muchas chicas han pasado por esas habitaciones y la dueña hoy me dijo al pagar la cuenta: - Cuántas de "esas" han pasado por esta habitación... - Muchas querida Laura... La primera vez estaba soltero, ¿te acuerdas?, luego vine con mi ex, cuando aún no me había casado, también con mis hijos en alguna oportunidad, luego vino el divorcio, y volví, como antaño, sólo para descansar de todos esos años.. -Lo recuerdo, tanto así, que hasta t...

Fruta

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Ella se acercó a mí mordiendo sus labios, temblando de impaciencia y esperando el próximo movimiento, la esperé, y cuando estuvo cerca, desde la cama, estiré mis manos que fueron a desaparecer debajo de la toalla que cubría su cuerpo. Sus piernas se apretaron, atrapando mis manos entre los muslos, su boca gimió tratando de contener el aire que quería escapar tras los gemidos de deseo.  Se alejó tratando de alargar el momento, tratando de ocultar el temblor que habían producido mis dedos. Me senté sobre la cama, y tiré de la toalla dejándola desnuda frente a mí, ella se congeló en el tiempo y el espacio… yo no dejaba de mirarla de arriba abajo sin esconder ningún pudor. Me encantaba, y deseaba tocarla con locura, pero me contuve, sabía que a ella le gustaba exhibirse, le excitaba hasta perder la compostura.  Recorrí su cintura, sus nalgas dibujándolas con mis dedos, y acerqué mis labios a su vientre para recoger con mi boca las gotas que corrían por él, temblaba como una niña i...

La bañera.

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De pronto la ducha se detuvo paralizando el corazón, el momento estaba más cerca que nunca. La impaciencia tenía mi sexo endurecido entre los dedos, mis testículos, gordos de deseo, llenos del más tibio de los manjares. Guardé silencio en la espera, no dejaba de mirar la roída y oxidada manilla que abriría la escena como si de una obra se tratase. Sentí como la vieja llave giraba dentro de la cerradura, esperé, sentía como el corazón luchaba por mantenerse dentro de mí. Me acerqué a la puerta y miré a través de la cerradura. Podía ver sus nalgas temblando por el suave masaje de sus dedos, el fin de su espalda exquisita y desnuda. Me detuve a pensar mientras la espiaba si ella lo sabía o no, claramente sus nalgas le acusaban, estaban permanentemente ante mis ojos temblando, sentí que todo quedaba en silencio mientras volteaba hacia la puerta, su sexo brillaba, y sus dedos acomodaban sus labios, para que se mantuviera perfectamente mojada para mi, rosada y enrojecida por masturbación que...

La hoja

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Mirándote a los ojos, buscando con ansias el final, dejo que mi boca recoja las gotas que corren por tus piernas, lento, sintiendo como tiembla tu piel y ruegan tus labios. Delicadamente sorbo por sobre los labios externos, para sorber los internos, evitando tocar el punto que te atormenta, dibujando con suavidad cada rincón con mi boca. Vuelvo a bajar hasta las bases, preparando la entrada, abriendo el camino, mientras tus labios se liberan sudando miel.  En ese ligero recorrido, engancho por primera vez el centro del deseo, la manilla del infierno. Conteniendo las ansias de mi boca, succionando lascivo tu ser, la agonía te alcanza y te deshaces entre mis labios arrugando el ceño y apretando con fuerza tus labios .. tus gemidos y jadeos, se ahogan con el agua que corre por tu sexo. Ahora entre mis labios,  te dejas llevar como una hoja que recoge el mar. Juan De Marco

Ola

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Sólo sentí escapar un ligero gemido que ronroneaba entre sus labios... su vientre se elevaba levantando su cintura como la ola suave de una tranquila bahía, separé sus piernas para entrar suavemente en ella empapándome de su humedad. Gimió delirante entre sabanas, mientras sus labios se secaban. Sus gemidos se volvieron gritos de agonía, y fue cediendo a los espacios que mi sexo exigía... Juan De Marco

La ventana.

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Me apodero de ella, sus nalgas se aprietan a la ventana y sus senos golpetean mi boca, mientras sorbo las gotas que corren en ellos, su cuerpo empaña el vidrio hasta que su cuerpo resbala y cae al suelo extenuada. Mis ojos no dejan de mirar el mar y su boca decide cogerlo, lame suavemente sintiendo su olor y el gusto en su rostro. Es su olor, es su sabor mezclado con el mio... vuelvo a derramar en su rostro... ríe nerviosa, pero no deja de volverlo a llevar a sus labios hasta extraer la última gota. Juan De Marco