miércoles, 11 de agosto de 2010

Isabelle

" Isabelle conocía mi deseo, cada rincón de mi cuerpo... estando a solas me cobijaba entre sus piernas, y sin apuro bebía de su sexo todo el sabor que dejaba escapar cuando estaba excitada.
Su aroma era tan profundo como el que dejaba una ola entrando por mi boca... el cálido aliento de su sexo penetraba como aguja en el más delicado de los tejidos. Murmuraba entre gemidos cuánto me deseaba, y apretaba sus piernas de vez en vez, para clavarme en su monte de Venus como una hembra en celo...sus gemidos llenaban la habitación como jilgueros en primavera, ese sonido tan pastoso y seductor, esa fragancia tan etérea,tan fuera de los sentidos como podía sentir una mujer. Sus casquillos en los senos girándose como caracola entre mis dedos, y esa gota limpida, que dejaba escapar para bañar mis labios del más dulce de los sabores...una textura tan exquisita como excitante. Mis labios no resistían el sabor del deseo que se desparramaba en mi boca como el más delicioso de los bocados... era miel...era la ambrosía misma que llenaba hasta cubrir todos mis sentidos, me enloquecía, y ella lo sabía.
Me gustaba sentir sus dedos acariciando mis nalgas, con esa suavidad de la más fina piel femenina, y el rústico apretar de sus dedos estirando mi sexo para llevarlo a sus labios y beber de mi todo. Luego , como la hoja de un cuaderno me daba vuelta para montar como si mi cuerpo fuera el más maravilloso corcel, dejándose resbalar por mi sexo envolviéndolo con los labios tibios de seda espumante, ese sexo que no dejaba de clamar para sentirme dentro...esa inacabable penetración que tanto gozaba como si se tratase del más exquisito gourmet... de pronto todo se detenía, y nuestros cuerpo quedaban prendidos en un instante infinito hasta soltar todo el caudal retenido en nuestro interior, inhalábamos tan profundo...que la larga pausa daba paso a la exhalación más intima y caliente, donde los labios se evaporaban en gemidos, exclamaciones y un aliento cálido que lo envolvía todo... luego el letargo de la pequeña muerte nos alcanzaba para dejarnos inmunes ante mundo y sus creencias libidinosas,que para nosotros no era más que un momento de recogimiento y placer envuelto en susurros y lejos del pecado."


Don Juan De Marco