miércoles, 28 de octubre de 2015

El Corredor


"La miraba mientras sus dedos buscaban afanosa mente bajo los elásticos, la humedad empezaba a florecer en la delicada tela de seda que cubría el tesoro pubiano rasurado delicadamente, me detuve para no molestar, mientras bajo mi pantalón despertaba el adormecido animal que se había mantenido inactivo por muchos días.
Su vientre serpenteaba libre y mojado, sus labios susurraban ligeros gemidos, y por sus comisuras, corría un hilo de saliva que serpenteaba por su transpirado cuello. Desaté el cinturón, y me saqué los pantalones en silencio, sabía que arriesgaba mucho en esa acción temeraria, nos conocíamos, pero nunca para intimar, sólo era su corredor, y ella aunque coqueteaba cada vez que nos juntábamos a ver una casa, nunca habría sugerido nada. 

Ese día había conversado por teléfono con una amiga, que desde lejos me había mostrado todo el deseo al despertar, sus gemidos al otro lado del auricular, me habían encendido. Mi clienta es hermosa, casada y muy sensual, además de coqueta. 
No me detuve, y sin pensar el riesgo que corría, entre desnudo en el cuarto. Sus manos se detuvieron, y sin salir de la pequeña prenda, y con los dedos aún ahí, me miró a los ojos. Sus labios no dijeron palabra alguna, y como el silencio otorga, me acerqué a ella, abrí sus piernas y me dejé caer entre ellas. Sus senos estaban hinchados, sus pezones, eran verdaderas perlas a punto para cultivar. Mis manos rodearon sus senos, mientras mis labios se fueron a untar de aquellas perlas humedecidas por la impresión. Sus manos se abrieron, y sus brazos se agarraron del respaldo de la cama, y bajé por su vientre para sentirlo tiritar. Su respiración pareció detenerse en el tiempo, y mi boca se fue a posar sobre la delicada prenda de seda empapada de excitación. Con mis dientes agarrados al elástico que lo sujetaba, se dejó deslizar entre sus muslos, para terminar de desgarrar con mis dedos la íntima telita que no me dejaba beber de su sabia que corría desbocada entre sus piernas, mientras iban cubriendo de brillo sus vellos púbicos.


Se dejó llevar, mientras sus piernas desnudas se habrían a los deseos de este inesperado amante. Bebí hasta lo más profundo de su ser, separé sus labios vaginales entre besos y caricias, dejando mezclar mi saliva con su fluido vaginal, mientras mi dedo índice, buscaba entre sus nalgas entrar por donde no manda Dios, su cuerpo se retorcía entre gemidos y gritos de placer, y sin respetar su dolor, enganche mi dedo como un garfio en su interior, como queriendo encarcelar su sexo a mis deseos. Ese gancho no la dejaba separar su vagina de mi boca, mientras mi lengua la devoraba por dentro, hasta alcanzar el último rincón de su interior, para salir empalagosa y cubierta de néctar, hasta que su boca pidió a gritos que la soltara. Dejé que mi cuerpo se separara de ella, para verla quebrar su espalda entre orgasmos y una vez que logré sentir que sus piernas no opondrían resistencia, clavarme en ella sin compasión, embestir hasta que se ahogara en sus deseos, y entrar y salir hasta reventar todos mis sentidos entre sus muslos, los que se enredaron en mi espalda hasta que corrió mi semen en su interior y contener sus espasmos hasta verla caer en la pequeña muerte que le sobrevino cuando me sintió derramar todo mi caudal en su interior. Sus piernas aflojaron, me dejé caer a su lado, ella se montó en mi esgrimiendo tres palabras: 

- cuánto te deseaba..... 

Don Juan, el corredor de propiedades

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