Rompiendo promesas....

Nos habíamos hecho grandes amigos, pero su elegante figura, su delgada estructura , no dejaban de perturbarme. 
La tome un día de la mano y le pedí que me acompañara lejos, a orillas del mar, cerca de mi elemento, sin cuestionarme nada , armó una pequeña maleta y nos largamos.
Al ver el mar, no cabíamos en nuestras almas, y la ventana del segundo piso, daba justo al mar. Pedí el cuarto y mientras mirábamos por la ventana , con la vista perdida en el  mar, descorché un vino rose , para acompañar el sushi que habíamos pedido unos minutos antes. Conversamos como siempre de nuestras vidas y de viejos amantes, y aunque siempre habíamos respetado nuestra amistad, hoy sabíamos que podríamos tomar el camino equivocado.
Así nos pilló la noche, y mientras ya sólo se escuchaba el reventar de las olas, y el silencio de los pensamientos, nos miramos a los ojos y sin decir nada, ella se encaminó con sus tacos altos de rojo charol en dirección al baño, sin antes sacar de la pequeña maleta una camisola de raso de azul petroleo, que insinuaba un camino distinto de nuestra larga y casta amistad. En su mano aún llevaba un resto de vino rojo con el que mojó sus labios antes de entrar.
Su espigada y elegante figura, me apasionaba y nadie como ella podría lucir esa falda negra a la rodilla, ni la blusa de seda roja que envolvía su delgada figura. Los tacones rojos hicieron crujir las tablas de la habitación, el taconeo incesante le hacía más atractiva aún. No la imaginaba envuelta en esa camisola, pero tampoco dudaba, que nadie como ella la podría lucir. 
Al ruido oxidado de la manilla del baño, yo ya estaba envuelto, con sólo una bata de algodón aterciopelada de color azul, la esperaba sentado en el sitial de asomagado y húmedo olor a mar.
La habitación la esperaba a media luz, y el fuego de la estufa , daba un cálido acento de sensualidad. Se abrió la puerta arrastrando la madera por lo hinchado y húmedo del lugar. Su elegante figura y su estampa de hembra delicada y espigado porte, le hacía una fantasmal ilusión. Aún sobre los tacos, su fina figura lucia como una señora de recatada sociedad... ya era elegante, pero esa camisola azúl le hacía ver aún más bella e inalcanzable, nunca había imaginado que terminaríamos así. dejó la copa en el toilette, se tendió cuan larga era en las sabanas abiertas del catre de tosca madera para mirarme desde ahí e insinuar que estaba lista para dejar atrás toda nuestra larga conversación de viejos amantes , para descubrir una nueva dimensión de nuestra fiel y agitada  amistad.....
Encendió un cigarrillo, mientras yo terminaba el mío, nos mirábamos con lujuria y sorpresa, una delicada cortina de humo nos mantenía separados.
 Ahí estábamos los dos, los que habían roto todos los pactos y promesas  de eterna amistad, sólo amistad. La delgada tela de raso, dibujaba su delgada figura, la delicada forma de sus senos, que a pesar de la edad, se mantenían en su lugar con digna forma y volumen, Eran como dos delicados melocotones  que esperaban ser engullidos por la pasión y el deseo, sus pezones parecían dormidos, pero se alcanzaban a dibujar en la suave tela que les escondía. Su vientre respiraba agitado, haciendo bailar los senos como a las olas del mar, temblaba, como mis manos humedecidas por la angustia de tenerla semidesnuda ante mis ojos... La mirada era cómplice de sus pensamientos, sus ojos pestañeaban con intranquila inquietud, su rostro no dejaba de insinuarme los efectos sensuales del vino, mientras sus dedos me invitaban a sentarme a su lado. Levanté la mirada, la mire fijamente a los ojos y me acerque para sentarme al borde de la cama, a una distancia que me permitiera seguir gozando de la elegante figura que se escondía tras el raso  de azul petroleo. Puse delicadamente mis dedos en su vientre creando un ligero temblor, hasta que mi mano empezó a moverse al ritmo de su respiración, Mis manos eran como las olas del mar acariciando la arena, con la suficiente presión para mover la tela, de crear la misma sensación que crea la ola en la arena al reventar a orillas del mar. La tela se deslizaba junto con mis dedos formando una fina y casi imperceptible caricia entre mis dedos y su piel. Sus pezones fueron tomando forma hasta endurecerse y dibujarse perfectamente bajo los hilos. Mis ojos les miraban extasiados, y subí arrastrando los dedos hasta alcanzarlos, dibujando círculos a su alrededor.
La textura era suave.  Al pasar sobre ellos , pude sentir su exquisita dureza, mientras se escapaban los primeros gemidos y su vientre no dejaba de temblar. El aire salía de sus labios con dificultad, sus labios no dejaban de mojarse y tiritar, baje mi rostro para tranquilizarlos con un beso, la primera vez que los uníamos para sincronizar nuestros corazones. Nuestras lenguas se enredaron en una danza ritual, mientras se anudaban dentro repartiendo deseo en nuestros rostros y pintándolos de color.
Mis dedos nunca se quedaron quietos y bajaron por su vientre esculpiendo su figura con delicada pasión, hasta que alcanzaron la piel desnuda de sus piernas y subieron para perderse bajo las costuras del camisón danzando entre sus piernas y provocando que sus delgados muslos se separaran para seguir la procesión. Sus manos se enredaban ya en mis pechos, mientras sus dedos se perdían entre mis vellos crespos castaños blanqueados por el paso de los años, mientras mis dedos alcanzaban ya la humedad entre sus piernas, que tensas y firmes, recibían mis manos para bailar sobre el monte de venus, subiendo y bajando en una eterna caricia, la que esperaba el momento que su sexo se mojara, para que mis dedos se perdieran dentro del cofre suave y excitado por el deseo y la ansiedad.
Mis besos fueron mojando su largo e interminable cuello desnudo, explorando la sinuosidad de sus delgadas formas hasta perderse entre sus senos desnudos, los que habían perdido sus vestiduras, mientras mi boca bajaba para buscarlos desesperados por la excitación. Y así como la espuma corre sobre las desordenadas arenas, fueron mis labios buscando su vientre, mientras, mis dedos, hacían lo suyo en el sexo dilatado por la maestría de mis caricias sobre la desnuda piel.
Entonces, mientras su vientre agitado temblaba entre mis labios, mis dedos reptaron dentro de sus labios vaginales para perderse dentro, y sin dejarla respirar, crearon su primer orgasmo mientras apretaba sus piernas atrapando mis dedos en los jugos que corrían dentro sin destino ni voluntad, su espalda se levantaba empujada por su vientre que no dejaba de jadear, mientras sus piernas en frenesí, no dejaban de apretar y recoger cada caricia, cada pulso y cada temblor hasta caer rendida mientras ya mis labios se deslizaban en su sexo provocando un torbellino de sentimientos y orgasmos que la sacaban totalmente de control, y así , explorando mi lengua en su interior, recogí los últimos temblores y flujos que escapaban por sus labios vaginales y piernas entumecidas por el éxtasis que ella acababa de descubrir. Sin darle tregua, y mientras aún su vientre bailaba sus ritos de placer, separé sus piernas y me escabullí dentro de ellas empujando mi sexo dentro hasta alcanzar el último rincón, y la marea se hizo alta, las embestidas infinitas, y mientras ella jadeaba entre gemidos, empuje hasta sentir como me diluía entre sus carnes, hasta caer rendido mi rostro sudado sobre el suyo y adornar de besos sus labios, agradeciendo ese gesto de confianza, cuando le propuse perdernos en algún lugar, donde no llegara el pudor de otros a  juzgar nuestros deseos y nuestra libertad de sentir nuestros cuerpos desnudos y disfrutar de nuestra cómplice amistad.


Don Juan, Rompiendo el pacto.

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