Vida salvaje.

Se dio la vuelta, me miró e intentó despistarme entre los repletos estantes. La seguí de cerca para no perder el rastro de su perfume, que se mezclaba con el aroma del papel de los libros de aquella librería de viejo, y porque tenía la fuerte presunción de que algo iba a ocurrir entre los dos, justo a esa hora absurda. Se detuvo a leer la contraportada de una novela. Alguien intentó pasar por detrás de nosotros en el estrecho pasillo que formaban las estanterías. Me apreté contra ella para dejarle pasar. Al sentir contra mi entrepierna las firmes nalgas a través de su liviana falda, una contracción de mi sexo fué inevitable y un movimiento involuntario rozó las suaves carnes, como cuando uno entra en una piscina la primera vez en un verano que no ha hecho más que comenzar. Fue apenas un roce, pero nuestros cuerpos entraban en contacto. Debió sentir lo mismo que yo, porque vi erizarse el suave vello en sus brazos y sus caderas se impulsaron hacia adelante instintivamente, me miró a los ojos y relajó su cuerpo hacia el mío, insinuaba deseo, sus manos movían nerviosamente los libros entre estanterías. Volvimos a quedarnos solos, pero permanecí en aquella posición, muy pegado a ella, un contacto casi imperceptible, imantado, que no deseaba dejar. Aquella erección. Sabía que ella no protestaría. No era cosa de adolescentes. La idea de que pudiese disfrutar de su primera aventura, me estimuló aún más. Así que el roce se fue haciendo más intenso mientras continuaba leyendo libros de espaldas a mí, como si no pasase nada, de vez en vez, se dejaba caer sobre mi sexo. Me embriagué con la fragancia que emanaba de su cuello, el contacto se hizo más intenso, aun apenas perceptible, y ella volvió su rostro encendido hacia mí, sin llegarse a dar la vuelta. Me atacó un intenso temblor en el estómago, tuve que contener el miedo que se apoderaba de mi. ante el atrevimiento de mantener el roce de nuestros cuerpos . Me clavó la mirada con sus ojos verde grises. Me temblaron las piernas. Y así estuvimos unos segundos que podían haber sido minutos largos, en silencio, al borde del abismo.
Nuestros labios tendieron a unirse, casi rozándose, pero el pudor pudo más en ese momento eléctrico, luego de ese instante, y donde sólo nuestros ojos hablaban, por fin nos besamos; un roce apenas de labios entreabiertos,las puntas de lengua se enredaban, finalmente nuestros vientres se unieron  fundiéndose nuestros deseos.

Cuando el tono había subido a los límites del placer secreto, los sentidos perdieron su orientación y se hundieron en cada roce exaltando su fuerza , tuve la sensación de que aquello iba a acabar de un momento a otro, pero hábilmente mis manos se habían perdido bajo su falda, y no había pie atrás. Las estanterías temblaban, los libros caían creando un estruendo horroroso, y los labios se devoraban sin control.. no existía el tiempo ni la razón, hasta que con un hábil movimiento de dedos, corría la entrepierna de su ropa interior  para hundirme en ella, embistiendo entre gemidos sus carnes  que humedecidas por el éxtasis , se separaban y dejaban entrar mi sexo dentro.... todo fue gemidos ahogados, contenidos entre las estanterías para que la empleada de la librería, no activara las alarmas. Todo era rojo, nada tomaba sentido, nuestros vientres se contrajeron y todo explotó dentro.... de sus suaves carnes, corrían nuestros jugos ya convertidos en néctares, y nuestros labios apretados, dejaban escapar pequeños gemidos adornados como silbidos....Nuestros corazones volvieron a bombear sangre al cerebro, y empezaron a  retomar su ritmo... los libros descansaban tirados por todos lados, y la cara de la dependiente de la biblioteca, no dejaba de empalidecer, mientras sus mejillas enrojecían... yacía de pie frente a nosotros totalmente congelada, pero su vientre no dejaba de temblar... recogimos todo y salimos rápidamente de la tienda... tomamos direcciones distintas sin cruzar una palabra, decididos a seguir con nuestra monótona vida, pero con una sonrisa dibujada en nuestros labios.


Don Juan De Marco.

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