Lujurias y deseos.
I
Ese día, después de comer, asistiríamos a una celebración. Habíamos alquilado una habitación en una de las posadas que daban a la plaza. Tenía un estrecho balcón, donde se había instalado una silla con brazos, para que el aguantáramos el espectáculo sin cansarnos.
Ella se colocó detrás de él, mientras yo me apoyaba en la ventana detrás de ella. Con leve voz me acerqué a su oído y le dije
– Deseas ver la ejecución?, puedes hasta ocupar su lugar –y le dí a ella una palmadita en la mano.–Creo que aprendería muchas cosas si la viera.–
-¿Usted cree? –preguntó ella , y en la voz se le notaba cierta agonía–. Han pagado bastante por este sitio y me gustaría que disfrutaran tanto como yo.–
-Seguro que lo hará –respondió, y mis ojos se clavaron en el corset entrando por su escote con malicia.
–¡silencio! Querida, ya empieza –gritó él ante el ruido que hacía el gentío en la plaza.
Observé sus caderas inquietas al rozar su espalda casi casualmente. Tenía un cuerpo esbelto, y sus manos se apoyaban en el respaldo de la silla de su marido que disfrutaba del espectáculo. Ella empezó a balancear las caderas jugando con el deseo que sabía despertaba en mi. Pero, esta vez, aplacaría el ardor que amenazaba con explotar dentro de ella.
Me acerqué a ella, muy despacio, le subí la falda y el resto de las prendas hasta dejar su sexo al descubierto. No dijo nada y ella deseaba lo mismo.
– Espero que empiecen pronto.- anunció la agitada voz de su marido
–Lo harán –le respondí
Luego, mis manos se deslizarón entre sus nalgas. Aquellas redondeces se endurecían escondiendo un mundo que quería descubrir. Con el pie abrí sus piernas separándolas y exponiéndola más a mis deseos, quería verla excitada, temblando en la quietud que debía mantener en su compostura de mujer casada.
–Han sujetado el preso a los maderos, van a azotarle –dijo él excitado, mientras mis dedos rozaban la piel humedecida de su leal esposa–.
-¡No sabe el espectáculo que se están perdiendo!
–No lo dudo, pero todos los meses podemos repetirlo. –
Las manos descendieron buscando con lentitud sus pulsos, hasta llegar al mismo enigma sobresaliente y endurecido adminiculo de placer.
–¡Querida! –exclamó el anciano–. ¡Tienes frío! He notado cómo temblabas.
–¡No! –consiguió pronunciar ella apenas en un susurro–. Es sólo la emoción del espectáculo.–--
-Siento ocupar todo el espacio, pero, ¿ves bien desde atrás?
–Sí –dijo, y a la vez clavó las uñas en la madera del respaldo de la silla.
Mis dedos se hundieron con osadía en el pequeño bulto de carne jugueteando con él, mientras sus caderas se ajustaban al placer que sentía. Intentaba disimular los estremecimientos que le provocaban mis dedos.
–Amigo mío, mi esposa está temblando. Creo que no puede aguantar la tortura –dijo y acarició la mano de la joven.
–Se acostumbrará, esto acaba de empezar. – noté cómo un ardor le recorría la espina ante el miedo a ser descubierta y el placer a dejarse amar delante de las narices de su esposo.
–Querido amigo, cuente en voz alta los latigazos que sufrirá el reo. Así podré imaginármelo mejor.
–Por supuesto, pero el griterío de esta gente casi no me lo permite.
Desaté los botones del mi pantalón, requería de inmediato una satisfacción. Así que me apreté con fuerza a sus nalgas ajustándome a ella. Creí que se desvanecería. La humedad era tentadora. Durante un instante, le dejé sentirme, para que gozará del tamaño y forma que sentía
Sabía que en ese instante era lo que deseaba, la pasión sin miedo a las consecuencias, pero era tan excitante tenerla así, que noté como llegaba hasta el límite de sus placeres.
–Amigo, ya empiezan. ¡Un latigazo! –gritó.
Y empecé con la primera embestida con brutalidad. Ella gritaba de éxtasis con cada latigazo y sus gritos eran ahogados por las voces del gentío.
–¡Dos! –
Un segundo ataque espolonazo hizo gemir el respaldo de la silla. Esta vez, las piernas de ella se cerraron de éxtasis, pero le obligué a abrirlas de nuevo.
–¡Tres latigazos! ¡Lo qué se está perdiendo!; no escondas tu cara en mi hombro, debes aprender.–
-Dame un poco de respiro, estoy aprendiendo... –aseguró ella con voz entrecortada.
-¡Cuatro!
Y el cuarto entierro le hicieron morder el cuello de su marido. No llegaría al quinto latigazo sin antes derramar su esencia entre sus muslos, pero yo debía de aguantar mucho más.
–¡Cinco!.
IIComo había pronosticado, no pudo contenerse y al salir de ella, se retorció como una anguila fueradel agua.
Pero, aquel bello panorama, aquel mundo prohibido , no había terminado de ofrecer cosas por descubrir.
–Creo que ya han terminado –dijo con una nota de frustración en la voz
–No me diga –contesté sin dejar de acariciar la entrada húmeda y deseosa de goce de su esposa.
Con el dedo húmedo por los jugos, acaricié la cavidad inexpugnable de ella. Aquella pequeña cueva misteriosa lo deseaba con descaro, entraría, descubriría sus secretos y, me quedaría la satisfacción de conquistarla.
-Ahora, ha subido el ayudante del verdugo –narró el buen hombre, no sospechaba que cuando su esposa se aferraba a su hombro con desesperación no era por miedo a la ejecución. Pero eso enardecía la hombría del pobre y aumentaba la de quién introdujo un segundo dedo. Aquel espacio de terciopelo se tensó como si estuviera a punto de derrumbarse.
–Es el turno del verdugo. Ya van a cortarle la cabeza.
–Dígamelo en el momento exacto-
Dejé que ella se acostumbrara al tamaño de los dedos con delicados y a la vez perturbadores movimientos. Aunque estaba preparado y esperaba el momento, tanto como el verdugo con el hacha.
–¡Ahora! –exclamó a voz en grito.
Entonces, con una decisión tan mortal como la del ejecutor, penetré a su señora hasta el fondo del lugar que, durante un par de segundos, se convertiría en mi refugio tibio y mojado . La estrechez era un martirio y un deleite, la agarré con fuerza por las caderas y arremetí con ímpetu hasta que el placer nos alcanzó a los dos.
–Querida, esto ya se acaba –dijo con cierta decepción.
–Creo que sí –respondió ella trémula mientras un río de espermios y placer la inundaba.



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